La caravana en el viaje de vuelta, el 28 de marzo de 2018 a las 18:53 de la tarde a la altura de Caparroso.

Conforme las tecnologías y las redes avanzan, resultaba cada vez más factible trabajar desde cualquier lugar, y la idea de realizar una oficina nómada no dejaba de rondarme por la cabeza.

Pero no era fácil encontrar lo que buscaba. Quería rehabilitar una caravana vieja porque no podía permitirme una gran inversión, y eso me ofrecía además la posibilidad de hacer el desembolso de manera progresiva. Con mis escasos conocimientos de mecánica no podía complicarme la vida comprando un vehículo a motor viejo, por lo que descartaba la posibilidad de reformar una autocaravana.

Buscaba que tuviera un (relativamente) amplio espacio abierto sin superar los 750kg.

Por lo que veía en internet, había muy pocas caravanas de fabricación española con esas características, pues la inmensa mayoría de ellas colocan la cocina en el centro de la caravana, separando los ambientes, y por tanto ocupando mucho espacio central.

Para encontrar algo así debía rastrear alguna caravana con lo que llamaban «distribución francesa». Pero para complicar más la búsqueda aún, me gustaba que tuviese la cocina en el lado de la lanza, para que el ventanal grande quedara en el lado al que se pueden acercar las personas, de manera que se pudiera interactuar fácilmente con la gente que estuviese fuera.

Tras muchas noches en vela hasta las 2 de la madrugada buscando y rebuscando en webs y páginas de anuncios, tras varias visitas a ver algunas de las más cercanas que no acababan de reunir los requisitos necesarios, tras aprender bastante sobre permisos, papeles, características, etc. una noche encontré un mensaje que me llamo la atención.

Debía moverme 500 km para comprarla, y no tenía demasiadas garantías de que fuese a estar en buen estado, pero era la distribución ideal.

Una caravana Georges et Jaques (una marca desaparecida al ser absorbida hace ya muchos años por otras marcas más conocidas) del año 1974 (ahí es nada), con acabado exterior en chapa de aluminio.

Fue un flechazo a primera vista, y todo se precipitó cuando el vendedor me dijo que tenía otra visita para verla en 2 días -no se si sería verdad o fue simple estrategia comercial-, y que no se podía comprometer a esperarme. Así que aprovechando que era la semana de pascua y me resultaba más fácil conseguir un día libre, esa misma tarde comencé a llamar al listado de conocidos para encontrar un vehículo con bola que me pudieran dejar, y a las 8 de la mañana del día siguiente ya había arrancado a buscarla.

Debo decir que no había conducido nunca un coche con caravana, pero no podía perder aquella oportunidad.

Y efectivamente, aunque la caravana tenía sus cosillas (algo que descubrí meses después) tenía una excelente apariencia (para su edad) y el precio era bastante razonable.

Parece que inicialmente provenía de Francia y en algún momento dado había sido legalizada en España, por lo que contaba con papeles españoles en regla desde al año 2003.

Y tanto la placa exterior, como el número de bastidor, o la chapa del freno confirmaban los datos de la documentación (también el peso), por lo que en menos de media hora había mirado un poco la caravana (casi era la primera que veía, por lo que más allá de la apariencia general no pude detectar demasiadas cuestiones), había hecho el pago, había enganchado la caravana al coche que me habían prestado y había puesto de nuevo rumbo a casa para encarar ahora los 500 km de vuelta a 90 y 100 km/h.

Hacía bastante viento, y me preocupaba no poder con ella en las cuestas, pero finalmente todo salió bien, y la caravana llegó hasta su destino, no sin algunas pequeñas anécdotas propias de la inexperiencia.

Tuve que volver a recurrir a familiares y conocidos para buscar un lugar donde dejarla, porque mis cálculos sobre la curva de acceso a mi garaje habían sido demasiado optimistas.

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